Cultivadores de fique en Colombia tejen un futuro más resistente al cambio climático

Mientras en Piedra Gorda, Santander, los cambios repentinos de clima tienen a sus habitantes pesimistas por el futuro de sus cultivos, en Macaregua la comunidad ha encontrado una salvación en el turismo.

La casa en Piedra Gorda es como el taller de Aracne, la gran tejedora de la mitología griega. Cada miembro de la familia se dedica a alguna parte del proceso de tejido: peinar los enredos de las fibras frescas, hacer girar la cadena, enrollar las lanzaderas o manejar el propio telar gigante. Los pies del que opera el telar pedalean hacia arriba y hacia abajo, y su piel se cubre con pequeñas fibras sueltas que vuelan en el aire.

El cultivo y procesamiento de fique o fibra de sisal ha sido una forma de vida en Piedra Gorda (Santander) durante cientos de años. Hasta allí llegaron los investigadores de Bioversity International y del Programa de Investigación de CGIAR sobre Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria (CCAFS), para identificar fuentes de vulnerabilidad de la población a los impactos del cambio climático.

Además querían evaluar las barreras que hay en esta comunidad para la adopción de una “agricultura climáticamente inteligente” que promueva la adaptación al cambio climático, la mitigación y la seguridad alimentaria a partir de la simple diversificación de los mecanismos de sustento.

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Un patrón de vulnerabilidad

El trabajo con fique puede ser una fuerte tradición, pero como medio de vida es cada vez menos viable. Javier y su familia tejen sacos en este material para el almacenamiento de alimentos, pero los sacos de materiales sintéticos casi han sustituido el fique por su bajo precio. “Para el tiempo que invierto haciéndolos, no les gano un buen precio. Pero eso es lo que sabemos hacer, así que seguimos haciéndolo”, dice.

Además de fique cultiva maíz, yuca, fríjoles y plátano, pero la falta de lluvias a veces provoca que se pierda la cosecha completa. La temporada seca en Piedra Gorda es mucho más larga de lo que solía ser. “No podemos predecir cuándo comenzará a llover. A veces llueve mucho y luego hay un largo período seco antes de que llueva otra vez”. Cuando esto sucede, el fique es la única reserva de Javier. Le da algo para vivir, para subsistir. “¿Qué más puedo hacer?”, se pregunta, mientras sigue trabajando en su máquina de coser. Y eso, sin contar con que el fique es cada vez menos rentable.

Un nuevo giro en la tradición

El ritmo sin fin del telar de fique es una metáfora conveniente para un ciclo de pobreza sin salida y un estilo de vida que es vulnerable a los caprichos de un clima variable. Debe haber una forma en que la producción de fique pueda hacerse más comercial, y por lo tanto una fuente confiable de ingresos para las familias que luchan por su subsistencia en Santander.

Como resultado, para algunos residentes de la cercana aldea de Macaregua, el fique se ha convertido en una fuente de ingresos sorprendentemente versátil y fiable gracias a la industria turística.

Juan, un agricultor del pueblo de Macaregua, trabaja medio tiempo para una tejedora de una tienda artesanal en el municipio de Curití. Bolsas de colores, alfombras, cinturones, todas hechas de fique. Incluso las sandalias de tejido que calza Juan son un producto del taller, que emplea a más de 80 personas.

Una oleada de turistas en busca de productos originales, hechos a mano y únicos, puede ser la alternativa que necesita el fique. De hecho, Juan está sumamente complacido con su trabajo y se extiende hablando sobre los beneficios de ser un artesano. “Puedo trabajar desde mi finca, no tengo que cumplir un horario, ni tengo que trabajar en una oficina. Sólo debo usar mis manos y ser creativo con los diseños”.

Mientras Javier habla del comercio de fique con indiferencia, Juan es muy entusiasta: “Una vez, unos turistas entraron en la tienda y compraron $9 millones en mercancía. Así que no se puede decir que este negocio no es rentable o que no tiene futuro”.

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Separando mito y realidad

El mito de Aracne y Atenea no tiene un buen final: Atenea se molesta, convierte a Aracne en una araña y la condena junto con sus compañeros a continuar tejiendo hasta el final de los tiempos. Es dudoso que tal destino aguarde a los habitantes de Piedra Gorda, especialmente si pueden tomar el ejemplo de Macaregua.

La investigación del Programa CCAFS ha encontrado que los agricultores que diversifican y hacen cambios en sus actividades de subsistencia tienden a desarrollar mejor seguridad alimentaria en condiciones climáticas inciertas. Esta tendencia es especialmente cierta en el caso de Javier y Juan: mientras una estación lluviosa podría significar una pérdida devastadora para el uno, el otro tiene una fuente de ingresos muy fiable a la cual recurrir en caso de que lo mismo le pase a él.

En el caso de los tejedores de Santander, la innovación y la diversificación podrían significar la diferencia entre un año con seguridad alimentaria y un año de mucha hambre. No tiene por qué abandonarse la tradición en nombre de la adaptación, pero se necesitan la innovación, la creatividad y el espíritu empresarial para asegurar que se mantiene al día con el ritmo del cambio.

Por Caity Peterson | Investigadora y escritora de ciencias que trabaja para el Programa de Investigación de CGIAR en Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria (CCAFS) | http://www.elespectador.com

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