Utopías y realidades ambientales

“Pensar que todo puede seguir igual es la utopía mayor”, dice Margarita Marino de Botero, la más creativa, entusiasta y pertinaz de las ambientalistas.

El ambientalismo, dinámico y obsesionado por cambiar la realidad, roza continuamente la utopía. Construirla es su obligación, pero es también su vulnerabilidad mayor. Es común y fácil atacarnos caracterizándonos como románticos o, en el peor de los casos, chiflados. La frase de Margarita está dirigida a desarmar esos ataques.

Las imaginaciones ambientales tienen dos facetas principales: la rural y la urbana. La utopía rural ambiental es la más antigua; se encuentra en textos asiáticos y griegos, está implícita en el panteísmo y el animismo, generó a Rousseau, floreció en las comunas hippies y, aunque poco se reconozca, fundamenta hoy muchas de las políticas agraristas.

La utopía urbana, también con antecedentes en el pensamiento religioso, ha gestado varias de las más bellas ciudades, pero hoy es negativista; la mayoría de los pensadores ambientalistas han optado por el catastrofismo. La realidad urbana, acosándonos continuamente, hace muy difícil imaginar la posibilidad de algo mejor.

¿Cómo establecer límites a las utopías ambientalistas? En un principio parecería que ambos conceptos, límites y utopía, son contradictorios, pero los dos son fundamentales en el pensamiento ambiental. Tal vez la clave reside en el saber, en el pie en tierra implícito en el conocimiento de la realidad con todas las inexactitudes y los azares de su complejidad. Reconocer la complejidad y sus incertidumbres nos puede alejar de la utopía sin límites, de optimismos y de pesimismos obsesivos, de los paraísos posibles y los infiernos definitivos.

En la coyuntura actual algunos vemos nuestro territorio como el espacio para la utopía; unos, la mayoría, piensan que es en el campo en donde reside la posibilidad de la paz, nuestra principal utopía. Otros, entre los que me cuento, pensamos que el campo colombiano tiene límites conocidos que generarían desilusiones trágicas y planteamos que es necesario escudriñar las posibilidades de generar paz desde los ambientes urbanos.

Para ambos puntos de vista las propuestas opuestas parecen descabelladas. Cuando escribo acerca de la posibilidad de diseñar y construir ciudades para la paz se indignan aquellos que han dedicado su vida a pensar que es en el campo en donde se puede lograr. Sólo la realidad futura dirá quién tuvo razón.

Vía: Julio Carrizosa Umaña | El Espectador (Colombia)

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