Cinco décadas de contaminación en la Bahía Quintero-Ventanas de Chile | Video

Según la revista especializada Mongabay, la agresividad de la contaminación ha dejado una serie de secuelas a lo largo de cincuenta años. Murió la productividad de la tierra y también la riqueza de la bahía. Esa es la situación que actualmente enfrentan las poblaciones de Quintero, Ventanas y Puchuncaví, ubicadas en la provincia de Valparaíso.

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Tres derrames de petróleo han afectado la bahía desde 2014, con vertimientos que superan los 38 000 litros.

Estudios gubernamentales han arrojado altos niveles de arsénico y mercurio en mariscos de la costa.

En 2011 más de 30 niños y 9 adultos resultaron intoxicados por una nube química que alcanzó a la Escuela La Greda.

El 24 de septiembre de 2014, la rotura de una conexión entre el buque LR Mimosa y el terminal de puerto produjo, según un informe de la Gobernación Marítima, el vertimiento de 38 700 litros de petróleo al océano. Fue el primero de una seguidilla de derrames, separados uno del otro en promedio por 10 meses hasta 2016.

El segundo ocurrió en agosto de 2015, mientras el buque tanque Doña Carmela reponía combustible. En esa oportunidad cerca de 500 litros cayeron al mar. El último fue en mayo de este año, cuando de la nave Ikaros se empezó a filtrar aceite decantado (slurry oil) por el desprendimiento de un flexible (tubos de acero revestido).

Los tres accidentes ambientales fueron responsabilidad de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), que reconoció inmediatamente los hechos a través de comunicados públicos. No obstante, fue acusada de entregar información errónea al momento de enfrentar la emergencia de 2014: “la gerencia de ENAP debe asumir su responsabilidad por la absoluta falta de seriedad en la estimación de los litros derramados. Se ha entregado información falsa dos veces para disminuir el rechazo de la ciudadanía frente a este grave hecho”, denunció la ONG Océana.

Sin embargo, el crudo está lejos de ser el único problema.

El parque industrial Ventanas, instalado en el límite de las comunas de Puchuncaví y Quintero, fue fundado en 1961 en un contexto de fomento productivo impulsado por el estado a nivel nacional, con la fundición de cobre como principal proyecto de la zona. Desde entonces, la contaminación se ha intensificado con el paso del tiempo.

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Los suelos fueron los primeros en morir. Atrás quedaron las variedades de plantas, flores y árboles propios de la quinta región, rica en producción de porotos, lentejas, arvejas y trigo. Y es que en sus mejores períodos, bahía y campo se fundían en una sola cultura de pesca y arados. Esa historia ya se borró. Una pobladora de la feria comercial lo grafica así: “Hace 20 años el suelo era muy rico. Encontrabas las napas de agua a seis metros de profundidad. Hoy tienen que pasar los 12, llegar a los 25 incluso”.

La lluvia ácida, producida por la caída de ácidos presentes en la atmósfera debido a las emisiones de las termoeléctricas, quemó los terrenos. Entre 1964 y 2007, la superficie cultivada con cereales y tubérculos se redujo en un 99 %. Los pequeños montículos verdes que hoy se divisan desde la carretera, no son de vegetación, sino de ceniza maquillada. La huella de las termoeléctricas apostadas junto al estero Campiche.

Hoy hay 14 industrias funcionando en el borde costero, incluyendo cuatro termoeléctricas que utilizan carbón y petcoke (residuo tóxico derivado de procesos de craqueo que hacen a las empresas más competitivas y que cuesta alrededor de 1 dólar la tonelada, según su calidad, y que es altamente cancerígeno) como combustible, fundiciones de cobre, cementeras, puertos graneleros y concentrados de cobre.

De balneario veraniego, en su mejor momento, Ventanas pasó a ser un depósito de desechos químicos. No hay turistas en la playa.

Cuando sobrevino la ola de derrames, la comunidad se convulsionó. Los pescadores se “revolucionaron”, en palabras de Poblete, vocero del  S24. Fue el punto de inflexión que generó la unión sindical, se creó el S24 y la bandera medioambiental fue levantada por una fracción de la población, pero el empuje no ha sido lo suficientemente fuerte para darle un giro a la realidad.

Las empresas llegaron con promesas de progreso, con promesas de empleo y de una mejor calidad de vida para la población. Y en un principio fue así. Se formó una fuente laboral importante que se fortaleció en los años 60 y 70, que provocó una explosión demográfica sin precedentes, comentan varios vecinos de la zona. Hasta el día de hoy, las áreas contiguas al parque industrial no cuentan con la infraestructura básica para soportar ese cambio. Ventanas, en su parte baja, ni siquiera tiene agua potable, tampoco tiene alcantarillado. El excremento reposa en la playa cuando lo manda la corriente.

En 1993 el ministerio de Agricultura declaró a Puchuncaví y Quintero como “zona saturada de contaminación” por dióxido de azufre (SO2) y material particulado (MP10), pero no fue impedimento para que el campo industrial continuara su peligrosa expansión.

Los episodios contaminantes de emergencia se empezaron a multiplicar: varamientos de carbón, nubes tóxicas, presencia de metales pesados en los alimentos. Las consecuencias aún no están claras hacia el futuro. No se ha mostrado voluntad para obtener una respuesta contundente por parte de las autoridades.

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Las empresas llegaron con promesas de progreso, con promesas de empleo y de una mejor calidad de vida para la población. Y en un principio fue así. Se formó una fuente laboral importante que se fortaleció en los años 60 y 70, que provocó una explosión demográfica sin precedentes, comentan varios vecinos de la zona. Hasta el día de hoy, las áreas contiguas al parque industrial no cuentan con la infraestructura básica para soportar ese cambio. Ventanas, en su parte baja, ni siquiera tiene agua potable, tampoco tiene alcantarillado. El excremento reposa en la playa cuando lo manda la corriente.

En 1993 el ministerio de Agricultura declaró a Puchuncaví y Quintero como “zona saturada de contaminación” por dióxido de azufre (SO2) y material particulado (MP10), pero no fue impedimento para que el campo industrial continuara su peligrosa expansión.

Los episodios contaminantes de emergencia se empezaron a multiplicar: varamientos de carbón, nubes tóxicas, presencia de metales pesados en los alimentos. Las consecuencias aún no están claras hacia el futuro. No se ha mostrado voluntad para obtener una respuesta contundente por parte de las autoridades.

La mayoría no goza de buena salud. Aumentaron las enfermedades respiratorias y los cuadros de irritación, la asfixia, los mareos, los dolores de cabeza. La comunidad vive cada vez peor. Según el doctor Juan Carlos Ríos, especialista del Centro de Información Toxicológica de la U. Católica, la exposición crónica a agentes contaminantes tiene sin dudas efectos a largo plazo: “El plomo en bajas dosis puede producir daño cognitivo en los niños, disminución de su capacidad intelectual. La exposición a SO2 puede producir irritación de las vías respiratorias y, si es en grandes cantidades, puede generar hasta cuadros de neumonía o edemas pulmonares”.

Las áreas de manejo destinadas a la pesca artesanal, constata un informe de la Cámara de Diputados del Congreso, también presentan altos niveles de mercurio y plomo. De acuerdo a una denuncia formulada por la ONG Dunas de Ritoque, el informe del Instituto de Fomento Pesquero (IFOP) de 2015 arrojó cifras de arsénico que superan 23 veces la norma establecida por el Código Sanitario de Alimentos. La jaiba mora y la jaiba peluda promediaron 24,1 y 57,58 miligramos por kilo respectivamente. La regla tiene como máximo 2 mg/kg.

Para el doctor Ríos, la información no es precisa: “El IFOP entregó estudios sobre arsénico total en los mariscos, no sobre arsénico inorgánico, que es el altamente cancerígeno. Es preciso ser eficientes en los reportes científicos para poder interpretar de manera responsable los resultados”. ¿Por qué el IFOP elaboró un informe que no se hizo cargo de medir adecuadamente la sustancia contaminante?

Entre 2008 y 2014, se registraron más de 50 varamientos de carbón combustionado en las playas de la bahía, sin que las empresas se hayan hecho responsables.

En la actualidad la mayoría de los locales sufren problemas de salud. Las enfermedades respiratorias, irritación de las vías respiratorias, asfixia, mareos y dolores de cabeza aumentaron.

Vía | es.mongabay.com

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